Recurso 1 – ¿Acceso al documento o accesibilidad?

¿Qué distingue el acceso de la accesibilidad?

Un archivo digital puede estar “abierto al público” y seguir siendo inaccesible. Esta distinción, que parece sutil, es en realidad el punto de partida para pensar cualquier plataforma documental en entornos digitales. Mientras el acceso implica que la documentación esté disponible —que exista un sitio web, que los documentos se encuentren en línea—, la accesibilidad garantiza que todas las personas, independientemente de su conocimiento, sus capacidades o sus condiciones tecnológicas, puedan encontrar la información, comprenderla, interactuar con ella y utilizarla sin barreras. Cuando diseñamos plataformas digitales para archivos o instituciones que gestionan acervos documentales sobre artes, diseño o arquitectura, esta tensión se vuelve concreta: ¿las personas logran navegar la interfaz de forma intuitiva? ¿Comprenden la terminología? ¿Pueden ejercer plenamente su derecho al conocimiento, o el diseño les impone obstáculos invisibles? Permitir el acceso y garantizar la accesibilidad no siempre dialogan, y ambos conceptos suelen confundirse con frecuencia.

¿Qué cambia cuando el archivo se vuelve digital?

Las conversaciones recogidas en las Actas de los Archivos Personales en Transición (CeDInCI, 2019) señalan que el paso de lo analógico a lo digital no solo transforma los soportes, sino también las formas de mediación. La descripción archivística, como señalan los propios compiladores, constituye una primera mediación entre el acervo y los usuarios, y como tal está permeada de intereses, puntos ciegos y decisiones subjetivas. Ya no basta con disponer documentos en un sitio web, es necesario crear entornos navegables, usables y comprensibles, donde las personas encuentren sentido en lo que se les presenta. En mi perspectiva, esto supone integrar principios del diseño de experiencia de usuario (UX) y diseño de interacción (UI) en la lógica archivística. Si en algún momento se estudió la búsqueda física de materiales —basada en la interacción entre personas para llegar a los documentos, en formas de clasificación y en la mediación del archivista—, hoy debemos hacer ese mismo ejercicio enfocado en la búsqueda digital, desde una perspectiva más amplia e inclusiva, para que la interacción humano–máquina sea lo más satisfactoria posible.

¿Qué nos enseña el diseño centrado en el usuario?

Donald Norman (1990) propone que el diseño debe facilitar la determinación de qué actos son posibles, hacer visibles los estados del sistema y seguir las correspondencias naturales entre intenciones y acciones. Su noción de diseño centrado en el usuario plantea que los objetos y sistemas deben concebirse desde la perspectiva de quien los usa, no desde la de quien los produce. Steve Krug (2006) complementa esta idea con un principio concreto, una interfaz debe guiar al visitante sin exigirle esfuerzo cognitivo innecesario. Trasladados al campo archivístico digital, estos principios permiten comprender que una base de datos documental no es solo un repositorio, sino una interfaz de diálogo entre la memoria–información y el usuario. Un usuario que muchas veces no coincide con la terminología del productor ni con los mecanismos establecidos en entornos físicos. Como advierte Norman, cuando las personas no logran usar algo, el problema no está en ellas sino en el diseño. Lo mismo aplica a los archivos digitales, si alguien no encuentra lo que busca, la responsabilidad recae en cómo fue concebida la estructura de acceso, no en la competencia del visitante.

¿Qué marco técnico existe para crear plataformas más accesibles?

Las pautas del World Wide Web Consortium (W3C) permiten articular esta visión ética con criterios técnicos concretos. Las Web Content Accessibility Guidelines (WCAG 2.1) se organizan en cuatro principios fundamentales: Perceptible (el contenido debe presentarse de forma que todos los usuarios puedan percibirlo), Operable (la interfaz debe poder utilizarse con distintos dispositivos y métodos de interacción, voz, lectores de pantalla, teclado), Comprensible (las personas deben entender el contenido y el funcionamiento de la interfaz, sin lenguaje innecesariamente complejo ni estructuras opacas) y Robusto (la información debe ser interpretable por diversas tecnologías de asistencia y mantenerse actualizada frente a los cambios tecnológicos).

Como señalan Revilla y Carreras (2018), la accesibilidad es mucho más que un requisito técnico, es la oportunidad de generar un producto de calidad que facilita la vida de todas las personas que lo usan. Los criterios de accesibilidad no deben ser posteriores al diseño ni limitarse a lo estético; deben formar parte de la estrategia de experiencia de usuario desde el inicio. El lenguaje y el diseño necesitan alinearse para que las personas comprendan qué pueden hacer, qué está ocurriendo y qué se espera de ellas en cada paso. Esto se traduce en decisiones concretas: redacción clara, botones descriptivos, mensajes comprensibles, contrastes ajustados, tipografías legibles, encabezados jerárquicos compatibles con lectores de pantalla, descripciones textuales para imágenes y documentos escaneados. Aplicar estos principios en el contexto archivístico implica entender el acceso como un proceso dinámico. No se trata únicamente de digitalizar fondos o ponerlos en línea, sino de diseñar sistemas que dialoguen con la diversidad funcional, cultural y tecnológica de las personas, y que evolucionen con el tiempo.

¿Quién es responsable?

Asumir la accesibilidad como una responsabilidad institucional —y no como un favor voluntario o una tarea secundaria— es una condición necesaria, tal como proponen Revilla y Carreras (2018) en su enfoque de gestión de la accesibilidad. Volver a la distinción entre acceso y accesibilidad redefine los roles implicados: el acceso responde a una lógica de disponibilidad, mientras que la accesibilidad obedece a una lógica de justicia, garantizar que todos puedan realmente participar, sin importar su grado de conocimiento o sus condiciones de uso.

Desde esta perspectiva, considero que la tarea del archivista digital se aproxima a la del diseñador de experiencia, ambos median entre la complejidad de la información y la comprensión humana. Ambos buscan que el encuentro con los datos sea significativo, eficiente y humano. Y ambos deben reconocer que toda decisión técnica o estética tiene una dimensión ética, diseñar sin criterios de inclusión es, en última instancia, una forma de excluir del conocimiento. Es necesario, entonces, pensar en capas de información y estructuras modulares —en la línea de lo que Brad Frost (2016) propone con su metodología de diseño atómico— para garantizar que el contenido sea comprensible en distintos niveles de profundidad, y evaluar periódicamente estos procesos. La preservación digital solo es efectiva cuando los documentos pueden ser leídos, interpretados y apropiados por toda la comunidad. Como escribió Sue McKemmish (1996), los archivos personales se convierten en evidencia de nosotros, testimonian vidas individuales y constituyen parte de la memoria colectiva y la identidad cultural de una sociedad. Extender esa idea al ámbito digital implica crear entornos donde todos puedan formar parte de ese “nosotros”. El siguiente recurso de esta serie explorará las herramientas tecnológicas concretas para avanzar en esa dirección.

Recursos externos

Bibliografía

Frost, Brad. Atomic Design. Pittsburgh, PA: Brad Frost, 2016.
Krug, Steve. No me hagas pensar: Una aproximación a la usabilidad en la web. Madrid: Pearson, 2006.
McKemmish, Sue. “Evidence of Me.” The Australian Library Journal 45, n.º 3 (1996): 174–187.
Norman, Donald A. La psicología de los objetos cotidianos. Madrid: Nerea, 1990.
Revilla Muñoz, Olga, y Olga Carreras Montoto. Accesibilidad Web: WCAG 2.1 de forma sencilla. Madrid: Itákora Press, 2018.Sik, Eugenia, Inés Afonso Esteves, Julio Cabrio, Virginia Castro y Martín Paz, comps. Actas de las III Jornadas de discusión / II Congreso Internacional. Archivos personales en transición, de lo privado a lo público, de lo analógico a lo digital. Buenos Aires: CeDInCI, IIAC-UNTREF y UDELAR, 2019.

María Fernanda Pizarro

María Fernanda Pizarro

http://www.fernandapizarro.cl

Diseñadora UX/UI y gestora cultural. Ha enfocado su trayectoria en el desarrollo de proyectos editoriales, artísticos y digitales donde convergen investigación, archivo y experiencia de usuario. Actualmente dirige D21 Proyectos de Arte, trabaja como diseñadora en Ediciones UDP y dirige Documento Activado, plataforma web de difusión y activación de documentación vinculada a las artes visuales, la poesía, el diseño y la arquitectura. Ha diseñado y/o coordinado proyectos vinculados a artistas y autores como Víctor Hugo Codocedo, Yeguas del Apocalipsis, Carlos Leppe, Eugenio Dittborn, Adriana Asenjo y Ronald Kay.